La científica del Ártico Julienne Stroeve conoce en primera persona los efectos de los gases de efecto invernadero y tiene algunas ideas sobre cómo reducirlos, a largo y corto plazo.

La investigadora de hielo del Ártico Julienne Stroeve no deja de pensar en la cantidad de hielo marino que se derrite cada vez que vuela por trabajo al Colegio Universitario de Londres desde su estado natal en Colorado (EE.UU.)

Stroeve conoce en primera persona cómo los gases de efecto invernadero, que atrapan el calor, están cambiando irrevocablemente el Ártico.

En el verano de 2012, formó parte de una expedición ártica cuando el hielo marino cayó al punto más bajo jamás medido, un récord que seis años más tarde aún se mantiene.

Desde entonces, sus preocupaciones no han hecho más que aumentar a medida que estudia el declive del hielo y sus efectos sobre el plancton, base de la cadena alimenticia marina, así como los extremos climáticos, como los eventos ROS, o eventos de lluvia en nieve que dificultan, por ejemplo, la supervivencia de los renos en invierno. Los renos acostumbran a escarbar en la nieve hasta dar con su alimento, pero cuando la lluvia cae sobre la nieve, genera una placa sobre ella, que impide a los animales obtener su comida.

“Vuelo mucho para asistir a congresos en todo el mundo, y aunque cada vez se celebran más videoconferencias, las reuniones cara a cara siguen siendo mejores”, explica. “Me encantaría tener la oportunidad de pagar más por el billete de avión para compensar las emisiones de carbono causadas”, afirma.

Stroeve dice que pone de su parte viajando en transporte público, pero añade que volar es una de las peores transgresiones ambientales y que la mejor solución a largo plazo sería desarrollar una fuente de energía renovable para el transporte aéreo.

Además, es vegetariana, lo que ayuda a reducir aún más su huella de carbono. Cree que los organizadores de eventos deberían ofrecer menús sin carne en las conferencias. “Realmente no es gran cosa prescindir de carne durante un día o una semana de reuniones, y eso puede reducir drásticamente nuestras huellas de carbono”, señala.

Para mostrar su compromiso con la acción climática, las instituciones de investigación y las universidades deberían emplear energías renovables, según Stroeve. Su principal base de investigación, el Centro Nacional de Datos sobre Nieve y Hielo (NSIDC, por sus siglas en inglés) en Boulder, Colorado, ya se ha convertido en un centro ecológico.

El NSIDC proporciona un flujo constante de datos climáticos a investigadores de todo el mundo. Sólo el enfriamiento de los ordenadores del centro requiere 300.000 kilovatios-hora de electricidad al año. Esa energía sería suficiente para abastecer a 34 hogares. Una reestructuración reciente redujo el consumo energético en un 90 por ciento. El instituto también ha instalado paneles solares en el tejado para generar electricidad adicional.

Fuente: Deutsche Welle.

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