El verano pasado fue el más cálido en la zona centrosur de Chile desde que se tienen registros. Con máximas que se empinaron sobre los 38º Celsius y con noches que a veces no bajaron de los 18° (en Santiago), todo aquel que no tenía aire acondicionado sufrió.

¿Pero qué pasaría si en vez de 38° hicieran sobre 45°, o hasta 50°, y con una humedad extrema? Según un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts y de la Universidad de Los Angeles, ambos en Estados Unidos, esto podría ser mortal. Utilizando simulaciones, los científicos estimaron que para 2100 en vastas zonas de India, Pakistán y China no se podrá sobrevivir el verano sin aire acondicionado.

El cuerpo humano controla su temperatura a través del sudor. Pero cuando la temperatura y humedad exterior son lo suficientemente altas, llega un momento en que este no es capaz de deshacerse de dicho calor. Esto puede ser fatal. El estudio asegura que si no se hace nada para detener el alza de temperatura del planeta y, por ende, la frecuencia y severidad de las olas de calor, muchas personas estarán en peligro de morir.

Este es solo un ejemplo de los eventos climáticos extremos, los que además incluyen incendios -como los que han ocurrido en la temporada estival europea-; las grandes inundaciones que han castigado a Latinoamérica en lo que va del año, o la impresionante tormenta de granizos, del porte de pelotas de golf, que azotó a Estambul hace algunos días.

Las preguntas aquí son: ¿Tienen algo que ver estos eventos con el cambio climático y la variabilidad que la ciencia predice que este traerá? ¿Tienen relación con ciclos naturales del clima? ¿Serán pasajeros, se quedarán o, incluso, aumentarán? No hay respuestas, por ahora.

Está pasando

Si bien los eventos climáticos extremos siempre han ocurrido, la frecuencia y la intensidad de los actuales es lo que llama la atención.

“Muchos países están atravesando por sequías, grandes incendios o inundaciones, o las mismas marejadas que afectan las costas de Chile. No se puede ser tajante sobre su causa, pero sí es evidente su aumento”, dice Roberto Abeliuk, académico de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Andrés Bello.

El problema es que la ciencia aún no tiene suficiente información para saber si son una tendencia y de qué tipo. Si bien la meteorología ha avanzado mucho y se ha vuelto más certera al anunciar lo que vendrá, esto no es suficiente, opina René Garreaud, subdirector del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2 y académico del Departamento de Geofísica de la Universidad de Chile. Basta recordar la nevada reciente en Santiago, cuando el pronóstico adelantó que comenzaría a nevar a las 3 de la madrugada y así ocurrió, ejemplifica.

Pero algo muy distinto es poder predecir si esas nevadas se volverán frecuentes. “Hemos estado mirando tendencias de temperatura y precipitaciones desde hace mucho tiempo, pero recién estamos comenzando a analizar los eventos climáticos extremos”, explica el científico. El problema es que aún son muy pocos, agrega. Hay nevazones, como la recién ocurrida, registradas en los 60 y 70, pero eso no es bastante para generar estadísticas. “Podemos tener 20 años de datos, lo que es suficiente para estudiar la temperatura, por ejemplo, pero no para eventos extremos si solo ocurrieron dos o tres veces en ese mismo período”, asegura.

Por esto mismo, también es complejo determinar si los eventos extremos están directamente ligados al cambio climático. Efectivamente, puede existir un factor natural, pero el cambio en la temperatura es bastante determinante, dice Roberto Abeliuk.

“Los modelos identifican muy bien la señal del cambio climático porque son condiciones medias, pero no son capaces de ‘ver’ las extremas”, agrega René Garreaud.

Si bien Raimundo Bordagorry, académico y miembro del Centro de Energía y Desarrollo Sustentable (CEDS) de la Universidad Diego Portales, coincide con esta evaluación, también recalca que una de las principales consecuencias del cambio climático es la mayor carga de humedad en la atmósfera. “Ello provoca eventos más intensos, lo que tiene una importante correlación con los modelos”, dice.

Efecto local

Ese es el caso de la ola de calor que vivió la zona centrosur a principios de año. Si bien los datos muestran un aumento de la temperatura promedio de los veranos -y también de los inviernos-, lo que pasó este año se explica en un tercio por el efecto específico del cambio climático, pero los dos tercios restantes corresponden a una anomalía completamente natural, dice René Garreaud. “Fueron condiciones específicas que se sumaron a la extensa sequía que se venía arrastrando”, dice.

Ahora lo que sí se puede asegurar, explican los expertos, es el rol de línea base en que se ha convertido la temperatura en los eventos extremos. “No es lo mismo tener un fenómeno de ‘La Niña’, que produce sequía en la zona centrosur, en los 60 que ahora. Hoy la temperatura promedio es más alta”, explica el experto.

Aunque aún no se puede predecir qué tan frecuentes e intensos seguirán siendo los eventos climáticos extremos, hay que recordar que otros elementos pueden hacer grandes diferencias. “Los ciclos del Sol o los volcanes también tienen gran influencia en el clima”, dice Raimundo Bordagorry. “Además, localmente debemos considerar que Chile es uno de los 20 países más vulnerables al cambio climático, tanto por su diversidad climática como por la de sus ecosistemas”, agrega.

Por todo lo anterior -y mientras la ciencia logra recopilar suficientes datos para comprender el comportamiento de los eventos climáticos extremos- hay que prepararse para ellos, advierten los expertos.

“Aún no se pueden predecir, hay situaciones que se están volviendo sistemáticas. Como el serio riesgo de aluviones que enfrentan ciertas ciudades por estar ubicadas en quebradas o todo el sector costero que está expuesto a las marejadas”, dice Roberto Abeliuk.

El jueves 29 de junio recién pasado, en la ciudad iraní de Ahvaz, los termómetros alcanzaron los 54° Celsius. De confirmarse la medición, compartiría el récord con el Valle de la Muerte en California, lugar que llegó a la misma temperatura el 30 de julio de 2013.

Fuente: El Mercurio

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