El almacenamiento masivo de lo no consumido y el nulo desperdicio de agua permitieron que en el sur del altiplano boliviano se cultivara, hace seis siglos, la misma cantidad de quínoa que hoy.

En el año 1257 el volcán Samalas, en Indonesia, hizo erupción. La potencia del evento fue tal que provocó que la temperatura del planeta bajara por un par de años. En ese mismo período, al otro lado del mundo, en el sur del altiplano boliviano, sus habitantes siguieron con el cultivo de quínoa, a pesar de la sequía temporal que se produjo por la erupción.

Si bien hoy la zona es la principal productora de quínoa en el mundo, se siguen cosechando los mismos volúmenes que entre los siglos XIII y XV. En la última edición de Science Advances, científicos explican cómo los agricultores de la época lograron esa producción al ser resilientes frente al cambio climático.

Adaptación

Entre los lagos de Uyuni y Coipasa, a 3.700 metros sobre el nivel del mar, los investigadores identificaron 48 sitios arqueológicos donde hay restos de un gran número de graneros. Si bien el uso de estructuras para almacenar cosechas era extendido en el continente, lo que llamó la atención del equipo fue la cantidad: 4.652. El volumen interno promedio de cada unidad es de 3,7 m {+3}, lo que se traduce en una capacidad máxima de almacenaje de entre 10.635 y 12.405 toneladas. «Estas cifras son muy cercanas a la producción actual de quínoa en la región, la que a su vez es el primer productor tradicional de quínoa a nivel mundial», cuenta a «El Mercurio» Pablo Cruz, antropólogo de la Unidad Ejecutora en Ciencias Sociales Regionales y Humanidades de Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina), y líder del estudio.

A ello se suma que menos del 5% de los cultivos tenían sistemas de irrigación. «Fue el conocimiento muy preciso de las condiciones ambientales de la región y la práctica de barbecho bianual (a fin de almacenar suficiente agua) lo que permitió a los antiguos agricultores lograr una producción exitosa», dice.

Este no es un fenómeno aislado, agrega Calogero Santoro, académico del Instituto de Alta Investigación de la Universidad de Tarapacá. «En distintas partes del continente, incluido el norte de Chile, la gente de esa época ensayó nuevas maneras de hacerle frente a esa fase de aridez e intermitencia en las precipitaciones», explica. Eran sociedades más sensibles para percibir los cambios y lo que estaba pasando, opina.

Pablo Cruz coincide. «La diversificación de la práctica agrícola en una multiplicidad de pequeñas superficies productivas refleja una estrategia muy eficaz de reducción del riesgo climático, tanto en el almacenaje de agua como frente a las frecuentes heladas», dice.

De esa forma, los graneros permitieron almacenar recursos alimenticios para evitar hambrunas y garantizar el intercambio con otros productos. Y el sistema de terrazas -donde se cultivaba la quínoa- permitió proteger los suelos y retener más agua, lo que finalmente favoreció la sostenibilidad de las actividades agrícolas.

Tradición

Las mismas prácticas que se utilizaron para producir quínoa a mediados del milenio pasado se siguen usando hoy. Ellas permiten resiliencia social y productiva frente a los cambios climáticos.

Fuente: El Mercurio.