Desde la revolución industrial las emisiones de gases efecto invernadero han ido aumentando, provocando el incremento de la temperatura en el planeta. El Quinto Reporte del IPCC indica que este aumento de las emisiones antropógenas de estos gases son resultado del crecimiento económico y demográfico, actualmente mayores que nunca, alcanzando concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso sin semejanza en los últimos 800 mil años. En otras palabras, el aumento de la actividad industrial confundió el “desarrollo” con la degradación del ambiente, el aumento de contaminación y la extracción sin límite de bienes naturales.

Necesitamos cambiar nuestro modo de relacionarnos con el planeta. Hoy los fenómenos naturales, que tienen en alerta a Naciones Unidas, responden al cambio en los patrones climáticos, conocidos desde hace más de 20 años, es por esto que en 1992 ya se instauraba la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, la que en el año 2015 logra el Acuerdo de París como nuevo régimen climático global, tras el fallido Protocolo de Kioto.

Sin embargo, tener un acuerdo climático internacional no es la única solución al problema. Hay que cambiar la lógica de lo que entendemos por desarrollo, donde el crecimiento en los indicadores de rentabilidad y producción, además del patrón de acumulación de la riqueza no significa en el caso de Chile que exista una justa redistribución, mejores condiciones de habitabilidad y calidad de vida en el grueso de la población. El acceso a la educación y/o salud, o incluso más, el cumplimiento de los derechos humanos.

El enfoque primario extractivista que persigue exportar materias primas como cobre, litio, celulosa, salmones, harina de pescado por mencionar algunos, no hacen más que abusar de los bienes naturales (suelo, agua, aire, mar) que tenemos en nuestro territorio sin redistribuir los beneficios económicos que se obtienen a partir de ellos.

La extracción de bienes naturales necesita de energía para movilizar la industria, y efectivamente este sector productivo concentra y demanda la mayor cantidad de energía del país. La cual en Chile proviene en un 58% de fuentes sucias como combustibles fósiles (gas, petróleo, carbón, etc.) o 30% de hidroelectricidad. Ambos tipos de energías tampoco contribuyen a que nuestro modelo de desarrollo sea un modelo “limpio”, pues de alguna u otra manera se genera contaminación por la quema de combustibles, o inundación de bosques que absorben CO2.

Por otro lado, el extractivismo en Chile no paga royalty como en otros países, además de que genera muy poco o casi nulo encadenamiento productivo con sectores de innovación, investigación, ciencia y tecnología que permitan generar mejores y más empleos. El extractivismo hoy en día está produciendo cada vez más conflictos socioambientales y descontento ciudadano. También es necesario mencionar que las actividades productivas extractivas se ven afectadas por algunas crisis ambientales o los vaivenes de la economía internacional.

Este modelo de desarrollo no es «sustentable» ni ambiental, ni económica, ni socialmente hablando. Es un modelo que está en crisis, que se podría agudizar si es que los impactos del cambio climático se intensifican, al no migrar hacia economías de desarrollo bajo en carbono como lo indica el Acuerdo de París.

Si bien es cierto que la energía y electricidad moviliza cualquier modelo de desarrollo, es vital migrar a una matriz limpia en base a fuentes renovables, ya que en el caso de Chile, el 77% de nuestras emisiones de gases efecto invernadero provienen del sector energía (electricidad y transporte).

Además de tener una matriz limpia, es necesario transitar hacia un modelo que sea más igualitario con los habitantes, más responsable con el territorio y el uso de las materias primas, vislumbrando más allá de la acumulación de riquezas para unos pocos en el corto plazo, sino que también esté basado en la idea de que los bienes comunes no son infinitos y que nuestro actuar en sociedad nos responsabiliza y nos interpela a construir un país responsable con las generaciones futuras.

Es urgente replantearnos como transitar hacia un desarrollo bajo en carbono dada la vulnerabilidad que tenemos con respecto a los impactos del cambio climático. Un país que basa su economía en bienes naturales está simplemente hipotecado su futuro si es que no replantea políticas públicas de acuerdo a lo que la ciencia indica en este escenario de calentamiento global.

Javiera Valencia – Fundación Terram