

Estados Unidos abandona oficialmente el Acuerdo de París y se aleja de los compromisos de recorte de emisiones, mientras China se compromete a reducir gases de efecto invernadero y lidera la expansión de energías limpias. La acción estadounidense marca un retroceso histórico en la lucha climática global. Fuente: Mundiario, 27 de enero de 2026.
Este martes 27 de enero, Estados Unidos consumó oficialmente su salida del Acuerdo de París, el pacto internacional firmado en 2015 para limitar el calentamiento global. No se trata de un gesto aislado: el país también abandona, en paralelo, la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático, la base legal de este acuerdo. Mientras EE UU se retira, 194 países mantienen su compromiso, lo que evidencia que el aislamiento estadounidense es más una elección política que una tendencia global.
El trasfondo es claro: EE UU, primer responsable histórico de las emisiones de CO₂, se distancia de la agenda climática global mientras prioriza la producción de combustibles fósiles. Este retroceso tiene consecuencias directas: las emisiones nacionales, que habían disminuido con políticas de impulso a las energías renovables y la movilidad eléctrica, vuelven a crecer. Las cifras no engañan: en 2025 aumentaron un 2,4 %, y aunque factores climáticos y de mercado influyen, la retirada del marco internacional envía un mensaje político poderoso y desalentador.
Mientras Estados Unidos se aparta, China se posiciona como protagonista de la transición energética. Por primera vez, Pekín se compromete ante la ONU a recortar sus emisiones de efecto invernadero entre un 7 % y un 10 % para 2035. No es suficiente para cumplir con las metas del Acuerdo de París, pero representa un avance tangible. Además, el país lidera la producción y exportación de tecnología solar, eólica y transporte eléctrico, herramientas clave para desplazar los combustibles fósiles que alimentan el calentamiento global.
Este contraste entre la pasividad estadounidense y la iniciativa china refleja que la lucha climática no es solo un reto ambiental, sino un escenario geopolítico donde la innovación energética puede redefinir poder y liderazgo. Los países que inviertan en energías limpias no solo protegen el planeta, también aseguran competitividad económica y empleos de futuro, mientras quienes retroceden arriesgan quedarse fuera de la próxima ola de crecimiento sostenible.
El abandono estadounidense no implica que la cooperación internacional se detenga, pero sí evidencia la fragilidad de los acuerdos cuando los compromisos dependen de cambios políticos internos. La lección es doble: por un lado, la urgencia de diversificar la acción climática más allá de los grandes emisores; por otro, la necesidad de fortalecer mecanismos que aseguren la continuidad de los compromisos aunque cambien los gobiernos.
Europa, India y Latinoamérica tienen un papel decisivo en esta ecuación: reforzar sus compromisos y liderar proyectos de energía limpia puede contrarrestar la falta de liderazgo estadounidense. A nivel individual y local, la transición requiere también políticas que faciliten movilidad sostenible, eficiencia energética y apoyo a comunidades vulnerables a los impactos climáticos. El tiempo apremia: cada año de inacción se traduce en huracanes más devastadores, olas de calor extremas y sequías prolongadas. La metáfora es evidente: abandonar el Acuerdo de París es cerrar la puerta mientras la tormenta se acerca, y las naciones que siguen avanzando construyen techos que protegen no solo a su población, sino a todo el planeta. @mundiario