Tag: dioxido

Noticias

La OMM registra nuevo récord de concentración de CO2 en la atmósfera

La concentración en la atmósfera de dióxido de carbono (CO2), el principal gas de efecto invernadero, ha vuelto a alcanzar niveles récord. Esa concentración no ha parado de aumentar desde principios de los años sesenta, cuando arrancan los registros de seguimiento directo de este gas de efecto invernadero, responsable del calentamiento global según el consenso científico.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha publicado este lunes su boletín anual, en el que advierte de un «aumento peligroso de la temperatura global». El año pasado, según esta agencia dependiente de la ONU, la concentración atmosférica de CO2alcanzó las 403,3 partes por millón (ppm), superando de nuevo la barrera de los 400, que se rebasó por primera vez en 2015, el año en el que se firmó el Acuerdo de París. Este pacto internacional, precisamente, busca reducir los gases de efecto invernadero que emite el hombre para evitar un catastrófico aumento de las temperaturas.

La OMM amplía el foco aún más y sostiene que la concentración actual de dióxido de carbono en la atmósfera representa el 145% de los niveles preindustriales (antes de 1750). El observatorio de Mauna Loa, en Hawai, es la estación de seguimiento directo de la concentración de CO2 más antigua y funciona ininterrumpidamente desde los años sesenta. Las concentraciones de dióxido de carbono anteriores a esa fecha se calculan a través de estimaciones, como el CO2 retenido en el hielo, explica Emilio Cuevas-Agulló, director del Centro de Investigación Atmosférica de Izaña, dependiente de AEMET y uno de los que emplea la OMM para sus boletines.

La OMM ha ido más allá este lunes y ha alertado de que «la última vez que la Tierra conoció una cantidad de CO2 comparable fue hace entre tres y cinco millones de años: la temperatura era entre 2 y 3 grados más alta y el nivel del mar era 10 o 20 metros mayor que el actual».

Emisiones estancadas

En su informe, la OMM resalta que las emisiones de CO2 de la actividad humana se estancaron durante 2016. Cita como fuente los informes del Global Carbon Project, que dirige el científico español Pep Canadell. Este proyecto ha detectado un estancamiento de esas emisiones desde hace tres años.

Sin embargo, este estancamiento no ha supuesto que deje de aumentar la concentración de CO2 en la atmósfera. Esto se debe, explica Cuevas-Agulló, a que no existe una relación totalmente lineal y directa entre emisiones y concentración, ya que hay «muchos procesos en la atmósfera» que influyen. Por ejemplo, la OMM apunta en su boletín a que en la concentración detectada en 2016 ha influido, además de las emisiones de la actividad humana, el fenómeno meteorológico de El Niño.

Pese a que no se puede establecer esa relación lineal y anual, cuando se levanta el foco y se observan los datos de las últimas décadas sí se descubre una tendencia clara: hay un aumento de las emisiones de CO2 que expulsa el hombre al quemar combustibles fósiles que se relaciona con la mayor concentración de este gas en la atmósfera y que lleva al incremento de la temperatura media del planeta. «El constante aumento en las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera durante el período de observación, a partir de 1970 y hasta la actualidad, es consistente con el observado aumento de las temperaturas globales promedio en el mismo período», señala la OMM.

Fuente: El País.

Noticias

Estudiando los gases de efecto invernadero

En el Laboratorio de Biogeoquímica de Gases de Efecto Invernadero (LABGEI) de la PUCV se investiga cómo la producción de CO2, óxido nitroso y metano afecta a diversas zonas de la Antártica, los fiordos, los montes submarinos, los salares, los ríos, Isla de Pascua y frente a Valparaíso.

Los Gases de Efecto Invernadero (GEI) tienen la particularidad de absorber calor y hacer que en la superficie de la Tierra haya altas temperaturas. En su ausencia habría 18 grados bajo cero, y la vida, si hubiera evolucionado, probablemente no sería como se conoce. Este mecanismo, mediante el cual nuestro planeta guarda calor permitiendo condiciones óptimas para la vida, se conoce como Efecto Invernadero.

Varios de los GEI se producen de manera natural, entre ellos, el dióxido de carbono (CO2), el metano, el óxido nitroso y el ozono. Sin embargo, sus concentraciones naturales se han incrementado drásticamente durante los últimos setenta años como consecuencia de actividades antropogénicas, es decir, que realizan los seres humanos, tales como la quema masiva de combustibles fósiles para obtener energía, la tala de bosques y el cambio en el uso del suelo.

«Nuestras actividades han aumentado esos gases que son capaces de retener el calor y además, hemos incorporado otros que son incluso más poderosos que los naturales como los clorofluorocarbonos. Eso sería el principal responsable de que aumente la temperatura en la Tierra», explica la doctora Marcela Cornejo, académica de la Escuela de Ciencias del Mar de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso e investigadora del Instituto Milenio de Oceanografía.

En el Laboratorio de Biogeoquímica de Gases de Efecto Invernadero (LABGEI) que dirige, la experta en oceanografía química realiza, junto con otras mujeres de ciencia, investigaciones en diversas zonas —la Antártica, los fiordos, los montes submarinos, los salares, los ríos, Isla de Pascua y frente a Valparaíso, entre otras— para determinar cómo funciona cada una respecto de la producción de tres Gases de Efecto Invernadero en particular: el CO2, el óxido nitroso y el metano.

«Las investigaciones científicas muestran que en el océano y los continentes se producen GEI, pero no de manera homogénea, ya que depende de diversos factores, tanto físicos como biológicos. No es posible determinar la producción natural de estos gases de forma global teniendo como referencia un solo punto», sostiene la doctora Cornejo.

ZONAS DE MINIMO OXIGENO

En el LABGEI, las investigadoras estudian no solo cómo los GEI varían en cada zona, sino que también en el tiempo. Es así como han podido determinar que, frente a la costa de Chile, algunos de estos gases se producen considerablemente cuando existen bajas concentraciones de oxígeno.

Por una condición natural, en la zona costera existe una Zona de Mínimo Oxígeno (ZMO) donde las concentraciones de oxígeno decrecen y se producen altas cantidades de GEI. Esas zonas se caracterizan por ser muy productivas, con gran cantidad y diversidad de organismos. En el mundo existen tres principales ZMO: en California, en el mar de Arabia, y frente a Perú y Chile.

«Nuestra zona tiene una variabilidad. Por ejemplo, en verano hay una alta productividad biológica en superficie —como microalgas que hacen fotosíntesis— que consume dióxido de carbono. Sin embargo, en el invierno esa productividad disminuye y aumenta el dióxido de carbono».

A esto se suma el fenómeno de surgencia que lleva agua —con alto contenido de dióxido de carbono, óxido nitroso y metano— desde la parte baja del océano hacia la capa superficial. Posteriormente, esos gases se liberan hacia la atmósfera. «Esto ocurre principalmente en primavera y verano. Estamos conociendo la dinámica de cómo va variando la producción de esos gases en el año», dice la investigadora.

EL PLASTICO Y EL GIRO DEL PACIFICO SUR

A fines de 2015, científicas del LABGEI se embarcaron en un crucero oceanográfico CIMAR desde las costas de Chile hacia Isla de Pascua en el centro del giro del Pacífico Sur, región donde debido a la circulación de las corrientes oceánicas, se acumula alto contenido de basura y plástico.

La investigación se enfocó en determinar qué sucede en esas partículas de plástico en relación con los microorganismos que viven en ese sustrato, ya que si bien esa colonización es natural, existe por la presencia del plástico generado por los seres humanos.

¿Quiénes habitan ese plástico?, ¿producen GEI?, ¿qué procesos metabólicos que producen GEI tienen esos organismos?, ¿qué pasa con la producción de esos gases que de otra forma no existirían?, se preguntaron. Los resultados de los experimentos en microplástico demostraron que, en algunos casos, existe producción de GEI y, por lo tanto, el favorecer esta producción también altera el equilibrio del medioambiente.

«Realizamos este tipo de estudios, porque es importante entender que todas nuestras acciones tienen una repercusión en la naturaleza y se hace necesario determinar su magnitud. Estamos agotando la capacidad que tienen los océanos para regular el clima y mitigar las consecuencias del efecto invernadero», concluye la doctora Marcela Cornejo.

Fuente: La Segunda